En los márgenes extremos del centenario de la Revolución de Octubre: el legado de 1917 que podemos reivindicar

 

Loren Goldner

 

El año 1917 está muy estrechamente asociado a la Revolución Rusa, pero es más importante ubicar esa revolución en la ola mundial de luchas de la clase obrera que tuvo lugar de 1917 a 1921 (y que se prolongó hasta 1927 en China), y que forzó a poner fin de la Primera Guerra Mundial inter-imperialista (1914-1918).

Esta oleada incluyó la Revolución Alemana (1918-1921), las ocupaciones de fábricas en el norte de Italia (1919-1920), la oleada nacional de huelgas de 1919 en Gran Bretaña, la revolución en Hungría (1919) e importantes huelgas en Francia en 1919-1920, en España entre 1919 y 1923, y en Estados Unidos (1919).

Estas luchas continuaron e intensificaron el fermento previo a la guerra asociado con los IWW en Estados Unidos, la ola de huelgas «sindicalistas revolucionarias» en Inglaterra, Irlanda y Escocia entre 1908 y 1914, la «semana roja» de Italia en 1914, y sobre todo, la Revolución rusa de 1905-1907, que puso los consejos obreros y sobre todo los soviets en el orden del día histórico en tanto descubrimiento práctico de la clase obrera en lucha, no como el producto de teórico alguno.

Como dijo un testigo tan improbable como Jorge VI de Inglaterra: «¡Gracias a Dios por la guerra! Nos salvó de la revolución.»

Y estos son sólo los levantamientos en Europa y Estados Unidos. A menudo se olvida que a los contemporáneos el período de 1905 a 1914 se les apareció como una marea revolucionaria en alza, entre las que hay que contar las revoluciones de Irán (1906), México (1910-1920), China (1911), y una insurrección en la India (1909). Estas luchas en el mundo semicolonial y colonial continuaron después de la Primera Guerra Mundial con el largo período de fermentación en China, que culminó en 1925-1927, los disturbios japoneses del arroz de 1919, la (bastante problemática) huelga general sudafricana de 1922[1], un golpe de Estado de oficiales de izquierda en Brasil en 1922, la oleada de luchas en Turquía hasta 1925[2], el soviet de Gilán en el norte de Irán, y un golpe de Estado de izquierda pro-soviético en Afganistán. Yo considero que el mejor legado presente de estas revueltas y revoluciones son los llamados comunistas de izquierda, tanto de la variante germano-holandesa como italiana, muy estrechamente asociados a figuras como Herman Gorter, Anton Pannekoek y Amadeo Bordiga. Lo que ambas variantes tenían en común era su afirmación de que, a diferencia de la alianza obrero-campesina que llevó a cabo la «doble revolución» en Rusia, la clase obrera en Occidente estaba aislada y no podía aliarse con el campesinado, que ya poseía la tierra. También hubo rusos que estaban de acuerdo con las corrientes occidentales, como el Grupo Obrero de Miasnikov. (Evaluar en profundidad los ambiguos papeles desempeñados por Lenin y Trotsky, que sin duda fueron grandes estrategas, pero cuyas teorías y prácticas organizativas proporcionaron a la contrarrevolución su punto de partida, duplicaría por desgracia la extensión de este breve ensayo.)

Las corrientes comunistas de izquierda fueron enterradas por el reflujo de la ola revolucionaria mundial, simbolizada de la manera más memorable por el aplastamiento del soviet de Kronstadt en 1921, por décadas de hegemonía de la Tercera Internacional centrada en Rusia y de la contrarrevolución estalinista que propagó por todo el mundo. Lo que había sido un acontecimiento secundario, un país en el que la clase trabajadora representaba como máximo al 10% de la población en 1917, se convirtió en el acontecimiento principal de toda una época.

A estas corrientes he de agregar el nombre de Rosa Luxemburgo.

Luxemburgo fue asesinada demasiado pronto (enero de 1919) para definir una nítida perspectiva post-1918 que rompiera completamente con la socialdemocracia. Pero sus escritos sobre la huelga de masas después de 1905, su rechazo del nacionalismo y sus dos obras en torno a la crítica de la economía política son tan relevantes hoy como cuando fueron escritos. Y ya no digamos la notable humanidad mostrada en sus cartas desde la cárcel durante la guerra mundial.

No estoy de acuerdo con los comunistas de izquierda que dicen (o vinieron a decir, por ejemplo, Otto Rühle) que la revolución bolchevique fue una revolución burguesa desde el primer momento. Esta caracterización se desarrolló a principios de la década de 1920; durante la guerra civil rusa (1918-1921), los comunistas de izquierda en Occidente estaban volando trenes que transportaban armas y municiones a los blancos rusos. Aparte del breve poder de los soviets, 1917 supuso una enorme expansión de la comuna agrícola rusa, que controló el 98% del territorio ruso hasta las «colectivizaciones» de Stalin en 1930[3].

En general, aunque en la actualidad la mayoría de estos nombres y corrientes puedan parecer poco más que fósiles conservados en ámbar, apuntan, como punto de referencia para hoy, a una posible síntesis de lo mejor de las izquierdas germano-holandesas con la Izquierda comunista italiana (los «bordiguistas»). (Esto sin dejar de reconocer el hecho de que estas dos corrientes se aborrecían mutuamente.). Estos elementos incluirían el soviet, es decir, el cuerpo regional de proletarios empleados, desempleados y jubilados que supera la división del trabajo materializada en el lugar de trabajo individual (la crítica de Bordiga a los cacareados consejos de fábrica de Gramsci); los consejos obreros como adjuntos al soviet; la teoría de la «doble revolución» para caracterizar el 1917 ruso, y el hincapié en la independencia política de la clase obrera frente a cualquier alianza «interclasista». También me inclino hacia la caracterización de la Unión Soviética hecha por Bordiga (así como sus sucesivos derivados, hasta llegar a China y el Vietnam de hoy) como una «transición al capitalismo». Esto evita el perentorio —y, a mi entender, fácil— término de «capitalismo de Estado», a la vez que permite rechazar el concepto trotskista del «Estado obrero». Dicho todo esto, no hay un hilo ininterrumpido de continuidad ortodoxa que podamos recuperar para el presente, sino más bien sólo directrices. La nueva síntesis internacional es una obra en progreso, a la cual ésta es una solo contribución. Cien años después del terremoto de 1917 En 2017, en el mundo de Trump, Putin, Xi, Duterte, Modi, Erdogan, Assad y Netanyahu, quizá parezca de los más «extemporáneo» hablar de la próxima insurrección mundial de la clase obrera. Para corregir esta reticencia, sin embargo, basta con volver la vista a Asia, con China a la cabeza, donde se producen cada vez más «incidentes» (es decir, enfrentamientos) cada año (150.000 en 2016), incluyendo varios miles de huelgas; a Vietnam, donde se han producido tres o cuatro huelgas generales durante la última década; a Camboya, donde tiene lugar una huelga tras otra[4]; a Bangladesh, donde se producen numerosas huelgas y disturbios en los sectores de la exportación de textiles y prendas de vestir, en los que predominan las mujeres; y a la India[5], como en Maruti Suzuki.  La tarea consiste en localizar la «invariante» que, en cada levantamiento revolucionario desde 1848, ha «obligado» al proletariado asalariado a buscar y poner en práctica nuevas formas de lucha. Si el mundo de hoy está dominado por la acumulación de capital, el proletariado asalariado global es su «lado oscuro”, el sujeto práctico colectivo aún más invertido en formas alienadas por una estrategia de fragmentación posterior a 1970, culminando en el intento de «Uberización» de la clase. El mundo dominado por el beneficio, las finanzas y los bienes raíces (la renta de la tierra) es aquel en el que los resultados del trabajo humano parecen caminar sobre sus cabezas y sólo en excepcionales coyunturas de ruptura la «clase para sí» la cuya actividad alienada cotidiana subyace a esas formas, se yergue y sigue el ritmo de la realidad con botas de siete leguas. La guerra franco-prusiana que provocó la Comuna, la derrota rusa en la guerra de 1904-1905 con Japón que desencadenó la erupción tanto en Rusia como en la Polonia de 1905-1907, los marineros alemanes en Kiel que en 1918 se amotinaron antes que enfrentarse a una muerte segura frente al bloqueo británico, son ejemplos pasados ​​de proletarios empujados al límite por la lógica del sistema y ​​que lo pusieron patas arriba.

Una guerra actual de las dimensiones de las dos guerras mundiales interimperialistas sería una catástrofe indescriptible y seguramente resolvería definitivamente la alternativa «socialismo o la barbarie» en favor de esta última. Hoy, y desde hace mucho tiempo, los bárbaros han ido ganando. Por fijarnos sólo en el triste ejemplo de los Estados Unidos, vemos que el «país más rico del mundo» encabeza regularmente al mundo «capitalista avanzado» en muertes en el trabajo. La proporción entre los ingresos de un director ejecutivo y los de los trabajadores ha aumentado de 40: 1 en la década de 1970 a 200/300: 1 en la actualidad, y la participación de los trabajadores en el PIB está por debajo del nivel de 1945. Los (septiembre de 2017), actuales huracanes masivos Harvey e Irma subrayan, sólo para Estados Unidos, la pendiente ascendente de los «acontecimientos climáticos», como una prueba añadida, si hiciera falta alguna, del cambio climático.

Sin embargo, porque vemos al comunismo ante todo como «el movimiento real que se despliega ante nuestros ojos» (Manifiesto comunista), podemos señalar, además de las mencionadas oleadas de huelgas en Asia, los movimientos de los piqueteros argentinos de 2001, y desde entonces, la juventud negra de Ferguson, Missouri, que en 2014 salió a las calles día tras día después de la muerte de Michael Brown, la continua resistencia de los trabajadores y de la juventud francesa a la evisceración de la legislación laboral del país que ahora ocupa un lugar prioritario del orden del día de Macron, la militancia obrera en la principal planta textil de Malhalla, Egipto, y a los disturbios del pan en ese país en marzo de 2017, los años de huelgas y disturbios contra la austeridad de la Unión Europea en Grecia y las huelgas mineras en Sudáfrica. Podemos señalar la violenta resistencia a escala nacional a otro aumento más en el precio de la gasolina en México a principios de 2017, y los trabajadores vietnamitas que atacaron a los guardias de fábrica en marzo de 2017[6]. Estos son sólo algunos de ejemplos que indican que el «viejo topo» no ha muerto.

Podemos, por tanto, reconocer de la mejor manera el centenario de la Revolución Rusa, en el contexto más amplio de las erupciones de 1917-1921, no contemplando beatíficamente una ruptura histórica situada en el pasado lejano, sino contribuyendo a la unificación de las luchas de hoy y de mañana, a la próxima revuelta de la clase que «es el enigma resuelto de la historia, y sabe que es la solución».

 

[1] Los huelguistas sudafricanos hicieron suyo el lema «Proletarios del mundo, uníos por una Sudáfrica blanca».

[2] Véase mi artículo sobre este período http://breaktheirhaughtypower.org/socialism-in-one-country-before-stalin-and-the-origins-of-reactionary-anti-imperialism-the-case-of-turkey -1917-1925 /.

[3] Véase mi artículo http://breaktheirhaughtypower.org/the-agrarian-question-in-the-russian-revolution-from-material-community-to-productivism-and-back/.

[4] Véase el nuevo artículo de Art Mean en insurgentnotes.com.

[5] Véase el artículo de Kamunist Kranti en Insurgent Notes no. 15, insurgentnotes.com.

[6] Agradezco al blog « Nous sommes les oiseaux de la tempete qui s’annoncent » por estos y otros ejemplos: https://mail.google.com/mail/u/0/#inbox/15e65efbe9e4d76f.